viernes, febrero 10, 2017

| Relicarios y dagas nazaríes: una ruta por el Madrid de los Austrias




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Fachada de la casa y torre de los Lujanes en la plaza de la Villa. CLAUDIO ÁLVAREZ
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Salón del trono en el Palacio Real. GEMA G. GARCÍA
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Grabado de Anton van Wyngaerde que reproduce el Real Alcázar durante las reformas de Felipe II.
Una ampolla reposa en el relicario del Monasterio de la Encarnación. Un brillo escarlata tiñe el cristal. Es la sangre de San Pantaleón. Una vez al año, el 27 de julio, el fluido vital del santo se licúa. El plasma se vuelve líquido para sorpresa de curiosos, devotos y turistas, que llenan la sala. Allí descansan unos 740 vestigios humanos, como cráneos o falanges, aunque solo 32 son reconocidos como auténticos por la Iglesia. El monasterio, fundado en 1611, posee una de las mejores colecciones de reliquias de Europa. También una generosa colección de obras de arte. Un inesperado secreto en pleno corazón de la capital, el Madrid de los Austrias.

En esta zona, una de las más antiguas de la ciudad, se encuentra el origen de la capital, que pasó de ser una villa castellana a sede de la Corte imperial en 1561 por deseo de Felipe II. ‘De los 10.000 habitantes que poseía en ese momento pasó, en unos 40 años, a más de 83.000’, apunta Francisco José Gómez, autor de Madrid, una ciudad para un Imperio -La Librería, 2011-, donde relata el brillo de la metrópoli. ‘Madrid se convirtió en una de las ciudades más importantes del mundo’, dice Gómez. ‘Venían extranjeros de muchos lugares atraídos por todo lo que ocurría’.

La urbe carecía de palacio. La construcción más noble, de aspecto descuidado, era el Alcázar, que ardió la Nochebuena de 1734. Sobre sus restos, Felipe V —el primero de los Borbones que reinó en España tras la muerte sin descendencia de su tío abuelo Carlos II, el último de los Austrias— mandó erigir el actual Palacio Real; una de las residencias reales más grandes de Europa. En sus paredes se pueden admirar frescos de Tiepolo y Mengs y pinturas de Caravaggio, Velázquez y Goya, además de visitar la suntuosa sala del trono, la sala principal de la residencia real. El Palacio expone una de las mayores colecciones de armas del mundo, equiparable a las de Turín y Viena. Entre sus piezas figura armamento musulmán, como una daga de orejas, denominada así por la forma de su empuñadura que figuraba entre las armas e indumentaria que al parecer llevaba Muhammad XII, conocido como Boabdil, al ser capturado en 1483. También hay una buena colección de armaduras reales, como las que Carlos V y Felipe II lucen en los retratos de Tiziano.

Como muestra del vigor de esa monarquía, ‘proliferaron edificios administrativos, conventos, monasterios, palacetes y avenidas’, apunta Gómez. Así nacieron las calles Mayor, de Arenal o la Plaza Mayor. Un paseo por ella permite, además de indagar en la historia de la capital, disfrutar un plato típico: el bocadillo de calamares. En mayo, es escenario del gran concierto de las fiestas de San Isidro y en diciembre acoge uno de los mercadillos de Navidad más longevos de la ciudad. El mismo lugar donde en siglos antes se organizaban corridas de toros, autos de fe y canonizaciones. ‘Es un ejemplo de espacio ceremonial típicamente barroco donde los reyes desplegaban su poder’, agrega el historiador. La plaza conserva el aspecto de la última gran reforma realizada por Juan de Villanueva, en 1790, aunque posteriormente ha vivido otras modificaciones.

A escasos metros, en la Puerta del Sol, terminaba la ciudad. ‘Ese es el límite entre el Madrid de los Borbones y el de los Austrias’, afirma Andrés Castro, guía turístico que lleva 28 años enseñando los rincones de la capital. El corazón de la urbe fue durante un tiempo un arrabal; el inicio de la periferia. Los aledaños de la Plaza Mayor escondían el mentidero de la Villa, donde corrían noticias de todo tipo. En el Madrid del Siglo de Oro todo pasaba en los mentideros, aunque ya no queda ninguna huella de ellos fuera de las crónicas y los grabados de la época. A base de secretos se organizaron los madrileños en 1808 para abrazar el absolutismo, y restituir a Fernando VII, frente a los valores republicanos franceses que Napoleón quería imponer. Una placa en la fachada de la Real Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid, recuerda la revuelta. A pocos pasos, en esa misma acera, se sitúa uno de los lugares más fotografiados de la capital: la placa del Km 0. Colocada allí en 1950 para señalar el origen del que parten todas las radiales que recorren la Península.

Entre Sol y el Palacio Real, paradigmas del poder popular y el poder imperial, se encuentra la plaza de la Villa, otra de las reliquias arquitectónicas capitalinas y sede del poder civil por más de tres siglos. Recibió su nombre después de que Enrique IV de Castilla, hermano de la reina Isabel I, otorgara el título de Villa a la población de Madrid en el siglo XV. Por entonces los Lujanes, unos ricos comerciantes de origen aragonés, levantaron su vivienda allí, de estilo gótico mudéjar, la más antigua de carácter civil, donde estuvo encarcelado Francisco I de Francia. Actualmente el edificio está ocupado por la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales.
El aspecto actual de la plaza se configuró a lo largo de tres siglos. El sobrino del Cardenal Cisneros mandó construir, en el XVI, el palacete, de estilo plateresco, que toma su nombre. En el solar contiguo se construyó a finales del XVII la barroca Casa de la Villa, hogar del Ayuntamiento de 1692 a 2007, cuando el alcalde, Alberto Ruiz Gallardón, lo trasladó al Palacio de Comunicaciones de Cibeles.

Donde la calle Mayor se cruza con Bailén, se levanta el Palacio de Consejos o palacio de Uceda, otro edificio del siglo XVII, que alberga el Consejo de Estado, actualmente cerrado al público. Enfrente se erige la Catedral de la Almudena, un templo de aspecto neoclásico que terminó de construirse en los años noventa del siglo XX, aunque las primeras proyecciones datan del siglo XVI. Junto a él, al principio de la empinada Cuesta de la Vega, descansan los restos de la muralla musulmana y de una de sus torres, la de Narigües.

Hay vestigios del cercado medieval, de origen musulman, y de sus ampliaciones cristianas por toda la zona: en los sótanos de los restaurantes La Posada del León de Oro, la Botillería del Café de Oriente, La Posada del Dragón o el Foster’s Hollywood de Ópera, donde se pueden apreciar los fragmentos desenterrados mientras se cena. O en los patios de varios edificios de viviendas, donde la muralla servía de apoyo para nuevas construcciones.

El aparcamiento de la Plaza de Oriente y la estación de Ópera, en la plaza de Isabel II, también albergan restos del antiguo asentamiento musulmán y de varias construcciones cristianas de los siglos XVI y XVII: la Fuente de los Caños del Peral, el Acueducto de Amaniel y la Alcantarilla del Arenal.

Fiesta y milagros en La Latina
Al otro lado del viaducto de Segovia —una construcción contemporánea—, se vislumbra los jardines de las Vistillas. En agosto el parque se llena madrileños que celebran las fiestas de la Virgen de la Paloma, la patrona oficiosa de la ciudad, la oficial es la de la Almudena. La celebración se extiende por el barrio de La Latina. Un vecindario lleno de vida, especialmente los domingos por la mañana, cuando los puestos ambulantes del Rastro que venden desde mobiliario y revistas antiguas a ropa militar, toman la plaza de Cascorro por la mañana. Y a última hora de la tarde, cuando los pubs y bares de la superplaza que conforman las plazoletas de Puerta de Moros, Del Humilladero y De los Carros junto con la plaza de la Cebada, y las calles de Calatrava y de Paloma, se llenan de los que se niegan a terminar el fin de semana.

Además de ocio nocturno, el barrio acoge el Museo de los Orígenes de Madrid, junto a la calle de San Andrés. La institución exhibe objetos de los primeros habitantes de la zona, que se remontan al Paleolítico, hasta la proclamación de Madrid como capital. En aquel palacio, construido por los Lujanes en la primera mitad del siglo XVI es donde, según la tradición, San Isidro, uno de los sirvientes de la rica familia Vargas, obró milagros.

Fuente: El País